Acabo de ver “Los puentes de Madison”, la película dirigida y protagonizada por Clint Eastwood, y aunque ya es una película con algunos años, curiosamente todavía no la había visto hasta hoy.
No se si es porque últimamente me encuentro en una etapa muy melancólica, o si es porque como buen Cáncer todavía sufro los efectos de la luna llena, pero el caso es que me ha hecho pensar.
En la película, Clint Eastwood interpreta a un fotógrafo ya mayor, viajado y con miles de experiencias a sus espaldas, que sin embargo encuentra en una granja perdida de Madison a una mujer de la que se enamora intensamente en apenas cuatro días, lo que viven es tan fuerte que aunque los condicionantes familiares de ella impiden que la historia entre los dos continúe, no se olvidarán nunca y el recuerdo mutuo les acompañará hasta el final de sus días.
Es curioso como a veces, en el sitio más insospechado y en el momento más imprevisto, alguien nos llega al corazón como muy poca gente, por no decir nadie, nos ha llegado jamás, y como unos pocos contactos efímeros pueden hacer que esa persona se quede marcada a fuego en nuestro alma para siempre.
El amor es un sentimiento etéreo, demasiado vaporoso, que se escapa a nuestro control, nos pasamos la vida buscándolo pero no sabemos si algún día llegará o no, y si lo hace, desgraciadamente a veces no nos damos cuenta, otras veces no somos correspondidos, y en otras ocasiones los condicionantes externos juegan en nuestra contra.
El caso es que nada en este mundo como el enamoramiento puede a la vez acelerarnos tanto o pararnos el pulso, y nada en este mundo permanece tan fijamente anclado en nuestra memoria y en nuestro corazón como el recuerdo de los amores que pudieron ser y no fueron, y de los que siempre quedará la dolorosa duda de lo que podrían haber sido.
Uno, por propia y dolorosa experiencia, puede asegurar que es mucho mejor intentar vivir un amor por complicado que sea que poner excusas y quedarse con la duda de qué hubiera pasado, tengo claro que nos podemos curar de las heridas, incluso por más profundas que sean, pero lo que no deja nunca de aprisionarte el corazón es la duda, porque siempre deja un poso de injusto sentimiento de culpabilidad y de zozobra que es imposible quitar.
Dicen que la fe mueve montañas, cierto, pero aún hay algo más fuerte que la fe, es el amor. El amor es el verdadero motor de nuestra existencia, es lo que nos hace sentirnos vivos, no hay felicidad mayor que sentirse amado por la persona que quieres, e incluso en el peor de los casos, el doloroso recuerdo de un rechazo te recuerda que tu corazón sigue latiendo, si no hay amor, ni siquiera el recuerdo de haberlo vivido, te conviertes en un ser inerte, sin alma, sin sentido.
Creo que mucho mejor que yo lo expresa Antonio Machado en dos estrofas de su poema “Yo voy soñando caminos” cuando dice:
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.
[...]
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada.
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentir
en el corazón clavada.
Así pues, creo que el mensaje de la película queda meridianamente claro, no hay nada tan fuerte como el amor, y de seguir sus dictados o de no seguirlos, aunque esto último sea por los motivos más justificados que se nos puedan ocurrir, depende nuestra felicidad.
Seamos felices, sigamos los designios de nuestro corazón.
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